
Fotografía de Bassaï
.
.
.
La gota y la luciérnaga
Un cuento infantil Español
por
Juan Yanes
“Se dolía de la suerte de aquellas lejanas mariposas que ponían en el aire un inmenso reflejo flotante y que hacían que las brisas cambiaran de color. Seguramente habían salido de la otra orilla empujadas por algún céfiro y contaban llegar al otro lado, pero perdieron la brisa al llegar a la mitad del camino y no podían más. La nube luminosa fue bajando y por fin la mayor parte cayó al agua. Iban las mariposas tan cerca unas de otras que el río, en un espacio de más de mil quinientas varas, cambió de color y parecía que habían puesto sobre él un tapiz de seda.” La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, Ramón J. Sender.
+
Yo soy una luciérnaga, luciérnaga, que vivo en el bosque y en la ciénaga y cuando las noches son oscuras, oscuras, como la noche de hoy, ¡flash! me enciendo como un farol y brillo en el cielo como si fuera una estrella.
Pero anoche, cuado se hizo oscuro, oscuro pero un oscuro de verdad, como cuando cerramos los ojos (vamos a cerrar los ojos, ¡pues más oscuro todavía!), me fui a apretar el interruptor que tengo aquí en el ombligo, para encenderme, y ocurrió algo que me puso los pelos de punta.
Se oyó un enorme ruido en el cielo, ¡krrrrraaaaag!
Y de pronto… empezó a llover y a llover y no paraba de llover. Entonces decidí que era mejor no salir a volar por ahí, sino quedarme debajo de la rama de un árbol amigo mío que tiene muchos agujeritos donde puede una cobijarse. ‘¡Seguro que caen cuatro gotas y ya está!’, pensé. Pero no. Seguía lloviendo y lloviendo. No paraba de llover. Parecía que el cielo era una ducha muy grande, o mejor, una regadera gigantesca. ¡Así, así de grande! ¡Más, más, más! Parecía que terminaba de llover y volvía a empezar, como los cuentos esos que cuando llegan al final comienzan otra vez…
‘¿Quieres que te cuente el cuento del rey que tenía tres hijas, las metió en tres botijas y las tapó con pez?, ¿quieres que te lo cuente otra vez?’. Sí, no. No te digo ni que sí, ni que no, sino que si ‘Quieres que te cuente el cuento del rey que tenía tres hijas, las metió en tres botijas y las tapó con pez, ¿quieres que te lo cuente otra vez?’…
Pues así llovía, como en círculos. Caían millones de gotas de agua, unas detrás de otras y se empujaban unas a otras y se tiraban de las orejas y se daban codazos y decía una, ‘¡allá voooooy!’ y otra, ‘¡fuera, fuera que yo soy la primera!, y otra que bajaba peligrosamente en dirección prohibida, ¡corre que te pillo, corre que te agarro, corre que te lleno la cara de barro! Unas bajaban a toda velocidad en patineta, y otras, las más bestias, bajaban en monopatín, dando taponazos a todo el mundo.
Pero allá, a lo lejos, pude ver una gota muy especial, andaba ella muy marchosa y emitía delicadísimos reflejos. Era una gota muy hermosa, venía como bailando y no daba codazos ni nada, sino que era muy educada, y decía cuando chocaba con otra
‘¡Ay, perdón, perdón que te doy un pisotón!
¡Ay, que te dí. Es que no te ví,!
¡Por favor, por favor, que bajar es lo peor!
¡Ay, ay, ay, déjame pasar que te voy a estropear’,
y a veces hasta lo decía en francés,
¡Pardonne moi, madame, pardonne moi monsieur,
laissé me moi passe s’il vous plait!
Pero las otras no. Las otras ¡plaf!, se lanzaban como locas y ¡plaf!, ¡plaf!, caían dándose unos taponazos imponentes ¡plaf!, ¡plaf!, ¡plaf!. Pero no hacían ¡plaf!, sino que sonaban de una forma un poco especial.
¿Ustedes saben cómo suena la lluvia en el bosque?
¡Ah!, la lluvia en el bosque suena como la música de una flauta, de un xilófono, de unas marimbas misteriosas: ¡Plinnn, plannn, plónnn! ¡Plinnn, plannn, plónnnnnnnng! En la ciudad la lluvia suena distinto porque la ciudad está llena de cachivaches. Las gotas de la ciudad suenan como una batería de de rock: ¡Ploc, ploc! ¡trac, trac!, ¡ploc, ploc!, ¡trac, trac!. Es un sonido muy soso el de la lluvia en la ciudad.
¡Cómo llovía aquella noche! Ya lo he dicho un montón de veces, pero ¡caramba, es que no para! Llovía como ninguna noche he visto yo llover. Y aunque llovía mucho y había muchas gotas un poco gamberras ‘tipo kamikaze, si te cojo p’al desguace’, no me parecía una tormenta de agua, me parecía un concierto, ¡un concierto acuático! Además, no todas las gotas sonaban iguales. Las gotas gordas al chocar contra las hojas hacían, ¡plonnn, plonnn, plonnn! Las medianas hacía ¡plunnn, plunnn, plunnn! Y las más pequeñitas de todas sonaban, así, ¡plinnn, plinnn, plinnn!
¡Enhorabuena, enhorabuena, qué bien suena, qué bien suena!
Y es que ¡la música rumbática me deja bobática!
¿Y la gota más bonita del mundo?, ¿dónde estaba la gota más bonita del mundo? Empecé a buscar, a buscar y no la veía por ningún lado. Seguro que se habrá despanzurrado al chocar contra la tierra y ahora estará en un charco toda sucia, manchada de barro como si se hubiera caído dentro de una taza de chocolate… Pero, no. La gota bonita estaba allá en lo alto y bajaba lentamente porque se había agarrado de un paraguas y bajaba haciendo círculos al ritmo de una rumba, la muy rumbosa:
‘Rambla p’aquí, Rambla p’allá, esta es la rumba de Barcelona’
¡Una gota bailando una rumba! No me lo puedo creer. ¿Estaré soñando? Me encendí un momento para ver si estaba despierta y se iluminó todo el árbol. Sí, Sí estaba despierta, no cabía la menor duda. No estaba soñando.
Entonces la gota rumbosa al ver la luz que salía del árbol, se vino a posar en la rama donde yo estaba.
—Hola, gota, qué bien bailas —le dije un poco asustada. O sea, con la voz un poco pazguata pues era la primera vez que hablaba con una gota.
—¡Anda! —me dijo ella— y tú ¿quién eres con ese traje de luces? —porque me había olvidado de apagarme y estaba toda iluminada.
—Yo soy una luciérnaga.
—¿Luciérnaga? —respondió la gota que no salía de su asombro— ¿Qué es una luciérnaga?
—Pues es como una mariposa pero con faros por todas partes. Una especie de lamparita volante.
—Pues yo creí que eras una bombilla y resulta que eres una mariposa de luz. Entonces, sabrás volar ¿no?
—¡Claro boba, es mi oficio!
—Habrás viajado mucho… Yo siempre tengo que ir montada dentro de una nube y cuando llueve, ¡se acabó el viaje!... ¡Jo, si yo supiera volar! Tú habrás visto mucho mundo ¿verdad?
—¡Que va! Me canso enseguida y tengo que posarme en la primera rama que encuentro o donde sea. Imagínate, una vez me tuve que posar encima de una boñiga de vaca. Somos un desastre de voladoras.
—¡Qué pena! ¿no? —suspiró la gota, que no dejaba de tiritar— ¿Y por qué hace aquí tanto frío, luciérnaga?
—Porque estamos en el bosque y acaba de caer una lluvia de agárrate y no te menees —repuse yo haciéndome la lista—. ¡Anda, ven aquí y métete debajo de mi alita un rato a ver si te calientas, que estás toda mojada!
—¡Esta sí que es buen! —dijo la gota riéndose a mandíbula batiente por los disparates que decía la luciérnaga y por el frío que tenía— ¿Cómo no voy a estar mojada si las gotas somos de agua?
—Pero ¿no tienes ni un trocito de carne por aquí?
—No.
—¿Ni tampoco tienes un poco de carne por acá?
—No.
—¿Ni un poquito de carne en el muslito?
—No.
—¿Ni un poquito de carne ... en ?
—¡No, no y no! ¡Qué pesada con lo de la carne! Yo soy de agua por todas partes ¿no me ves? La nariz es de agua, la boquita la tengo de agua y las orejas también. Y el cuello y las manos y las patitas ¿las ves? Toca, toca. Agua nada más.
—Y ustedes las gotas, cuando tienen sed ¿beben agua?
—Pues claro que bebemos. Solo que no lo llamamos beber, sino que utilizamos una palabra más fina, lo llamamos ‘condensación’.
—¡Ah, ya! ¿como la leche condensada? —le dije yo sin mucho convencimiento para que no piense que soy una ignorante y rápidamente cambié de tema— Bueno, pues vamos a ver cómo demonios te quito yo el frío —empezaba a estar seriamente preocupada, no se me fuera a congelar la pobre gota rumbosa.
—Pues no sé —repuso ella también preocupada— vamos a pensar…
En ese momento se me ocurrió una idea maravillosa y se la dije rápidamente.
—¡Ya, ya, ya, ya tengo una idea!
—Dímela, por favor, estoy tiritando.
—Te voy a secar con una toalla y después te doy una friega con estropajo de esparto y alcohol alcanforado.
Lo dije con mucha energía y seguridad, como si fuera una luciérnaga médica de toda la vida. Pero cuando la gota oyó lo de la toalla dio un salto y salió pitando como una loca y se puso en el borde de la rama. Era peligrosísimo porque estaba a punto de caerse. Pero ella no dejaba de gritarme.
—¡No, la toalla no, la toalla no!
—Pero bueno —le dije yo un poco enfadada porque cuando me pongo mandona, soy terrible— ¿tú no te bañas todas la mañanas y después te secas?
—No, yo no me baño nunca porque entonces me voy con toda el agua por el sumidero y ¡glup, glup! ¡desaparezco!
—¿Y la toalla?
—No. La toalla tampoco, porque entonces me chupa todo y me quedo seca y dejo de ser una gota propiamente dicha. ¿No lo entiendes? Yo soy muy frágil, luciérnaga. Y la friega de alcohol, imposible, desaparezco de mapa en un periquete ¿Me comprendes, luciérnaga?
—Vale, vale. Ahora lo empiezo a comprender. Nada de toallas, nada de alcohol, nada de esparto, nada de friegas —y me quedé pensando hasta que me vino otra idea maravillosa. A las luciérnagas se nos ocurren ideas luminosas constantemente. Por algo somos luciérnagas ¿no?—. Ahora, escucha atentamente las instrucciones que te voy a dar —le dije— : lo primero, ven hasta aquí despacito no te vayas a resbalar. Tengo una idea estupenda para quitarte el fío sin que peligre tu integridad física. O sea, sin que te escachifolles toda o te de un patatús y te quedes patidifusa.
—¿De verdad? —me dijo ella temblando de miedo y de frío.
—De verdad, de verdad de la buena.
—Entonces ¿qué hago? —me preguntó un tanto confusa.
—Nada, tranquila, coge el paraguas por si te resbalas para que te sirva de paracaídas ¿vale?, y acércate por la rama despacito despacito para que no des un traspiés.
Entonces la gota se fue acercando hasta que llegó junto a mí. No me pude reprimir y le di un abrazo tan fuerte que casi la rompo.
—Muy bien, muy bien —le dije para darle ánimos porque la encontraba un poco amilanada, o sea, patidifusa. Vamos a bajar despacio y vamos a buscar a las otras luciérnagas, pero vamos a ir cantando y bailando ‘rumba p’aquí, rumba p’allí’.
—Querrás decir ‘Rambla p’aquí, Rambla p’allí’…
—Bueno da igual, no te pongas en plan Manu Chao perfecta, que el horno no está para bollos. Lo que te quiero decir es que no dejes de moverte para poder entrar en calor ¿vale?
—Vale —respondió la gota tomando conciencia de la gravedad de la situación propiamente dicha. O sea, hecha polvo.
Entonces le di la mano y empezamos a bailar las dos con todas nuestras energías. ¡Rambla p’a todos sitios!: p’aquí, p’allí, p’arriba, p’abajo, p’a un lado, p’al otro, p’a encima, p’a debajo, p’adelante, p’atrás. ¡Qué marcha que tenía la condenada gota rumbosa! Yo estaba agotadísima.
¡Tota, tota, water gota, porque la gota me agota!
¡Tate, tate, water gate, con esta gota, tomate!
Después de un buen rato de andar por el bosque saltimbrinquiando para no pisar los charcos y evitar así que mi amiga la gota se me disolviera, llegamos a la casa de las luciérnagas. Me puse los dedos debajo de la trompa de la boca y pegué un silbido estruendoso, absolutamente desproporcionado con respecto a mi reducido tamaño y condición, que sólo hacemos las luciérnagas en ocasiones muy especiales. Bajaron todas corriendo alarmadas.
—¿Qué pasa, que pasa? —preguntaban.
Entonces les expliqué lo que pasaba. Como era una cosa muy importante se lo expliqué en la lengua nuestra particular de las luciérnagas que se llama el ‘luciernán’. En resumidas cuentas, les dije qué teníamos que hacer para salvar a la gota. Nosotras aquí en Luciernania, hablamos el luciernán, que es una lengua muy bonita propia de las luciérnagas propiamente dichas, como he dicho, ¡caramba qué redicha!
—Li li, larilolá. Plis, plis, lolailo, plis plis, larilolá—. Otro día se lo traduzco a ustedes, porque ahora hay que salvar a la gotita.
Todas lo cogieron al vuelo. Dieron una voltereta espectacular de 180 grados o más con una agilidad increíble. Se pusieron alrededor de la gota y se encendieron todas a la vez. ¡Guau! ¡Qué trozo de pedazo de chorro de surtidor de luz! Poco a poco la gota se fue entonando y entrando en calor porque ¡imagínense ustedes lo que son 3.478 luciérnagas encendidas! ¡el calorcito que dan! Cuando nos dimos cuenta, estaban todas las luciérnagas bailando, porque la gota y yo, con la marcha que traíamos seguimos con la rumba y las contagiamos a todas. Aquello fue
¡El empezose del acabose!
¡Qué baile más bailongo, a la bilibirlongo!
Cuando la gota entró en calor, empezó a sudar la gota gorda —es una manera de hablar— entonces paramos…
—¿Cómo estás gota? — le pregunté, por si acaso.
—¡Bien, bien, bienísimo! ¡Esto es la gloria! Estoy sudando un montón.
—Bueno, bueno, stupendo. ¿Y si sudas no te disuelves?
—No, no, qué va. Me lo paso pipa sudando. Me recuerda mis viajes por el tópico.
—¡Uf, menos mal! —repuse yo— me temía lo peor.
—Nosotras también tenemos glándulas sudoríparas ¿qué te crees tú? Lo que pasa es que son de agua.
—Ah, pues no lo sabía —dije yo para disculparme porque, la verdad, las gotas son un poco rarillas y complicadas, y yo de gotas no sé nada de nada. Pero inmediatamente ella me replicó.
—Oye luciérnaga, ¿no estarás pensando que las gotas somos un poco raritas, verdad? Tienes que darte cuenta que lo único que somos es diferentes. El mundo está lleno de seres diferentes.
Pero en el fondo la gota estaba muy contenta por lo bien que se habían portado con ella no siendo una luciérnaga sino una pobre gota regordeta y bailona. Entonces ocurrió algo muy especial. Se hizo un enorme silencio y apareció volando por encima de todas las luciérnagas, la Señora Luciérnaga Presidenta, que era la luciérnaga más anciana y la más sabia de todas y también estaba encendida y emitía un resplandor como si estuviera recubierta de un pan de oro muy brillante. Entonces se dirigió a todas las luciérnagas allí congregadas de forma muy solemne y pausada y después de hacerle una reverencia a la gota, les dijo,
—Señoras y caballeros —también había luciérnagos entre las luciérnagas, claro, pero suena mejor terminado en ‘a’, ¿verdad?—, hoy es un día memorable, acaban ustedes de salvar la vida de una gota rumbosa y eso no ocurre todo los días, ni todas las semanas, ni todos los meses —cuando dijo esto, la gota empezó a aplaudir con tanto entusiasmo que todas las luciérnagas también se pusieron a aplaudir—. Tenemos el honor de tener entre nosotras a la gota rumbosa, sana y salva. Un ser prodigioso que ha recorrido mares y océanos, y ha atravesado desiertos y bosques, llanuras inmensas y montañas morrocotudas, en un viaje interminable. Una persona que conoce a todos los bichitos del universo y todas las yerbas y yerbajos, árboles y arbustos. Pero antes de concluir con este breve discurso, que ya empieza a ser un rollo, quiero pedir un aplauso para la luciérnaga iluminada, nuestra querida y dulce compañera sin cuyo concurso e imaginación hoy no estaríamos celebrando esta fiesta de la amistad.
¡Que siga la fiesta hasta después de la siesta!
¡Que siga la trapatiesta y que suene la celesta!
Y empezó a sonar la música a tope y se pusieron todas las luciérnagas a bailar la rumba contentísimas. En ese momento mi amiga la gota rumbosa se acercó y me dio un beso tan fuerte que casi me deja empapada, porque se le salía el agua por todos los costados. Me emocioné tanto que se me escaparon algunas lagrimitas, pero la gota rumbosa me cogió por un brazo, me llevó al centro de la pista de baile, se marcó una rumba de la que nunca jamás me podré olvidar y mientras bailábamos sacó de la mochilita que llevaba en la espalda una flor roja de rododendro que dejó perfumado todo el bosque y la puso entre mis manos como símbolo de su amistad.Tags: LA PAZ, BAJA CALIFORNIA SUR, LORETO, LOS CABOS, ANIMALES RAROS, CURIOSIDADES YOU TUBE